El Perú y sus "desastres naturales”: No es Sodoma y Gomorra, son Zamarro y Modorra

Cambio Climático y Desastres

Por Sophimaníaco Invitado
16 de Marzo de 2017 a las 20:21
Compartir Twittear Compartir
El Perú y sus "desastres naturales”: No es Sodoma y Gomorra, son Zamarro y Modorra
Las obras más hechas tienen consecuencias. Foto: Peru.com

Por Ernesto F. Ráez Luna / 16-mar-2017

Alrededor de la línea ecuatorial, donde el sol cae a pico todo el año, grandes masas de aire se calientan y ascienden velozmente. Una parte del aire coge para el Sur y otra va al Norte. Según se eleva y se desplaza el aire, se enfría, hasta que empieza a caer de regreso hacia la superficie de la Tierra. En la costa pacífica de Sudamérica, un poderoso chorro de aire frío (bellamente llamado “el Anticiclón del Pacífico”) desciende sobre Chile y el Perú, y se desliza sobre la superficie del mar, empujando las aguas hacia el noroeste, casi siguiendo la línea de la costa. Las aguas superficiales del mar, desplazadas así por esos vientos, son  reemplazadas por el agua fría que estaba más profunda y que viene cargada del concho oceánico, lleno de nutrientes. Esa es la corriente de Humboldt, que desde el nombre es toda una pituca: sesgada al Norte, fría, rica, fértil. Pero algo más ocurre: la presión de los vientos descendentes solo permite el desarrollo de colchoncitos de nubes color huaipe, que no dan para lluvia. El resultado paradójico es un desierto que mira al mar más productivo del planeta.

Pero cada verano, cuando el sol golpea más al sur de la línea ecuatorial, no solo sube la temperatura, sino que toda esa circulación de vientos que impulsan al ecosistema de Humboldt se desplaza también y se debilita. Entonces, se disuelve el colchón de nubes, “sale” el sol, el mar se pone un poquito menos frío, la gente va a la playa y todo es alegría; y nos refrescan  --para sorpresa de gente distraída-- algunas gotas gordas de lluvia, como uvas que caen del cielo. También cada verano, por lluvias y deshielos en la sierra, el suelo de los cerros se desmorona y baja en avalanchas de piedra y lodo, que llamamos huaycos.

De tanto en tanto (gitanamente hablando, cada tres a ocho años), la depresión de los vientos (los alisios) y el calentamiento del mar al sur del Ecuador exceden el promedio. Alcanzan nuestras costas aguas cálidas, del cercano Norte y del lejano Oeste. O, como ocurre ahora al Norte del país, con calma chicha cerca de la costa, se forman fuertes vientos ascendentes con aire henchido de vapor de agua, y crecen grandes nubes de tormenta. La corriente de Humboldt se retira, junto con sus nutrientes y anchovetas. Las aves guaneras mueren de hambre. Los pescadores encuentran otros peces en sus redes. Llueve profusamente en el desierto. Los bosques “secos” de huarangos y algarrobos reverdecen, aumentan y se extienden. Las quebradas que estaban secas fluyen. Los acuíferos son recargados. Aparecen efímeras lagunas. Es una fiesta de la naturaleza. A ese bandazo climático, que llamamos Niño, suele seguir un ramalazo opuesto, de sequías y fríos intensos, que –con inventiva nerd— los científicos han llamado Niña. Así viene ocurriendo hace milenios, con repetidos eventos de intensidad extrema, que quizá están aumentando de frecuencia.

¿Qué demonios tiene que ver todo eso con ciudades anegadas, pistas desmoronadas, gente muerta y vacas arrastradas por el lodo? Nuestro patrón climático es el mismo. Lo que ha cambiado, está a la vista, es el paisaje humano. También –y para mal-- nuestro cerebro. Donde hubo campos cultivados y oráculos, hoy hay cemento. Donde la población era dispersa, hoy se amontonan millones de personas. Sobre las tierras inundables, las veras erosionables de los ríos y los surcos antiguos de  avalancha se han erigido pueblos enteros. Puentes y carreteras, obras mediocres para sortear promedios, son demasiado endebles y pequeños para soportar los previsibles aluviones extremos. Nuestros techos son planos y permeables, propensos a filtraciones y a criar hongos; pero nuestras vías públicas son impermeables y sin drenajes. Cualquier garúa convierte las aceras de cemento pulido (incomprensible genialidad peruana) en peligrosos resbaladeros. Basta una lluvia de cualquier verano para anegarnos; chocar el carro porque no sabemos frenar a tiempo; o que simplemente todo lo que hemos arrejuntado en una vida de arrejuntar se derrumbe, con nosotros dentro.

La pobre gente vive enajenada, desapegada de los ritmos y signos de la naturaleza; como si hubiera nacido en otro mundo. La lluvia y la luz del sol, que nos dan vida, en el Perú son enemigos públicos. La gente ve venir la lluvia y siente miedo. En este “país muy católico”, la Creación de Dios, según opinión general, está llena de defectos. Fenómenos que se repiten hace milenios son achacados irreflexiva e irresponsablemente al modernísimo Cambio Climático. Con lo normal y usual, nos sorprendemos. Con los extremos recurrentes, donamos ropa vieja y clamamos piedad al Cielo. Aunque nunca hemos tenido un sistema tan bien plantado y tan sofisticado para monitorear el clima y predecir el tiempo, por cada buena meteoróloga tenemos cien funcionarios zamarros o mostrencos.

¿Dónde quedó el compromiso de adelantarnos al Niño que firmó, con su colega Lula, el 2003, Alejandro Toledo? ¿Qué se hizo con los tres mil millones de soles que anunció Humala para prepararnos el año 2015, cuando llegó ese “Niño débil” que fue seguido de sequía fuerte? (El Norte se incendiaba hace unos meses. Ahora la buena lluvia curará las heridas de esos bosques). ¿No fue con Belaúnde que arrasó el Niño del ‘83? (Ese año, todos los cerros de Lima reverdecieron; pero las pérdidas económicas fueron enormes). ¿No fue con Fujimori el del ’98, también utilizado como excusa de reveses humanos muy humanos?  Y es una suerte enorme que con García no hubiera un Niño fuerte, porque esto piensa el hombre sobre el clima:  “Cuando me dice que terminado el glaciar [no] habrá más agua, les digo ¿Y? ¿Dejará de llover? ¿No dicen que se calentará más el mundo? Habrá más evaporación, habrá más lluvia. Evidentemente los glaciares no servirán como una esponja para retener ese líquido. Haga usted las murallas y las presas necesarias para compensar eso”… (Octubre 2009).

Haga usted, haga usted, algún día, que yo me desentiendo. Así vamos, a contrapelo de nuestra propia tierra. Así ¿hasta dónde iremos? 


Si quieres estar siempre enterado de lo último y lo mejor en descubrimientos, investigaciones y avances científicos y tecnológicos SUSCRÍBETE AQUÍ en un solo paso. Recibirás un boletín semanal con lo mejor de Sophimanía.


#lima #fenomeno del niño #lluvia
Compartir Twittear Compartir