Trump, el cambio climático y la anticiencia

Cambio Climático y Desastres

Por Claudia Cisneros Méndez
1 de Abril de 2017 a las 20:55
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Trump, el cambio climático y la anticiencia
Imagen: El Financiero

Detrás de toda teoría conspirativa hay tres tipos de personas. Las que carentes de pensamiento crítico simplemente quieren creer cualquier argumento falaz por disparatado que sea; las que aprovechan estas teorías y su difusión masiva para canalizar algún interés ulterior, casi siempre ligado al poder económico o político; y las que toman posición crítica acerca de las noticias propaladas.

La administración Trump parece estar dentro del segundo grupo. Trump cree, o dice creer, que el cambio climático antropogénico es un fraude, un engaño creado por los chinos para tomar ventajas económicas sobre EEUU. Pero esta supuesta “visión alternativa” de los datos científicos, bien podría ser solo una perfecta justificación para emprender una guerra contra el conocimiento, relativizando las verdades, trivializando las investigaciones científicas, y peor aún, convirtiendo las instancias de autoridad de las verdades y de la ciencia en enemigos de la gente. ¿Con qué fines? Construir una instancia de pseudo-conocimiento funcionales a intereses políticos y económicos.

Hagamos un recuento rápido. Apenas asumió la presidencia, Trump intensificó su arremetida contra la prensa. Una y otra vez ha intentado desprestigiar a grandes medios de comunicación como CNN o el NYT, tildándolas de corporaciones que conspiran contra el pueblo y que mienten todo el tiempo. Al poco tiempo, una de sus asesoras, Kellyanne Conway, resignificó la palabra “mentira” con la frase “hechos alternativos”, una conveniente forma de disfrazar las mentiras oficiales del gobierno. Y en seguida nombró en la presidencia de la EPA (Agencia de Protección Ambiental) a un furioso escéptico del cambio climático antropogénico, Scott Pruitt, quien además es conocido por haber sido el principal detractor de las regulaciones de reducción de emisiones de la EPA durante la administración Obama (regulaciones que nunca llegaron a entrar en vigencia por las demandas interpuestas a favor de las empresas extractivas en al menos 28 Estados).

Enseguida empezaron a suceder varias cosas: Trump propuso reducir un 31% el presupuesto de la EPA; comenzaron a desaparecer datos vinculados al cambio climático; su administración ordenó congelar todos los fondos y contratos de la EPA y dejar de publicar notas de prensa y contenido en sus redes sociales hasta próximo aviso. Desaparecieron tuits con información sobre cambio climático del Parque Nacional Badlands, e investigadores independientes como Victoria Herrmann —directora del Instituto del Ártico—, denunció que la administración Trump estaba borrando sus citas y estudios.

“Desde enero esto se ha transformado en una lenta pero incesante marcha por borrar datos, páginas web y políticas acerca del Ártico“. Herrmann cuenta cómo desde fines del 2016 muchos investigadores fueron alertados para salvaguardar sus datos e investigaciones sobre cambio climático, mediciones sobre el clima, mapas, entre otras variables. Cuenta que incluso antes de la inauguración de Trump, un ejército de hackers “desde Philadelphia hasta Toronto trabajó contra el reloj para proteger datos cruciales antes que desaparecieran”, pero que en la enormidad de la información que tiene el gobierno federal, muchas cosas se perdieron.

Pero lo peor estaba por llegar. Este martes 28 de marzo Trump ha cumplido una de sus más cuestionadas promesas de campaña. Se ha echado abajo el Plan de Energía Limpia (Clean Power Plan) impulsado por Obama y lo ha reemplazado con lo que ha bautizado “Decreto sobre la Independencia Energética”, al parecer consciente de que las guerras simbólicas se libran también en el lenguaje, pues la palabra `independencia` es muy poderosa en los EE.UU.  

La firma de esa orden ejecutiva básicamente desmantela lo avanzado por EE.UU. en términos de políticas medioambientales.  El Plan de Obama comprometía a EEUU en reducir en un 32% sus emisiones contaminantes de la atmósfera para el 2025 (con respecto a las mediciones del 2005) y promovía a nivel gubernamental el uso de energías limpias. El argumento populista de Trump es que su nuevo plan devolverá autonomía energética a su país y puestos de trabajo a la industria del carbón.

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¨Sr. Trump: Ud. está poniendo en riesgo no solo a esta generación sino las vidas de nuestros hijos y nietos. Lo combatiremos a cada paso que de¨, Senador Bernie Sanders sobre la Orden Ejecutiva firmada por Trump.

Con el nuevo Decreto de Trump, la EPA podrá dictar nuevas regulaciones para las plantas energéticas alimentadas por carbón, flexibilizar las normas de emisión de metano de la producción de petróleo y gas, usar terrenos federales para explotación del carbón, y las agencias gubernamentales ya no estarán obligadas a tener consideraciones medioambientales para tomar sus decisiones. ¿Quiénes en realidad se benefician? Las empresas extractivas. Además de los problemas locales, la mayor preocupación en la comunidad científica es que este retroceso impedirá que EEUU cumpla con los compromisos climáticos acordados en diciembre de 2015 en el Acuerdo de París junto con más de 200 países. Este primer e histórico acuerdo climático fue ratificado en setiembre pasado por China y Estados Unidos, países que juntos son responsables del 40% de las emisiones de carbono del mundo. Antes de EE.UU. y China, los países firmantes apenas configuraban la producción del 1% de las emisiones. Y para que el acuerdo pueda entrar en vigencia y lograr que el aumento promedio global de las temperaturas no pase los 2C (36F), el acuerdo debe ser ratificado por al menos 55 países, que juntos generen el 55% de las emisiones mundiales de carbono. De hecho aun nadie sabe si Trump pretende patear el acuerdo.

Algunas teorías conspirativas son menos lesivas que otras. Que un grupo de débiles mentales pueda a estas alturas del siglo 21 creer que la Tierra es plana (Flat Earth), es algo que mayormente afectará solo al entorno más próximo de tales personas. Pero que el presidente de una de las naciones más poderosas e influyentes del mundo tome decisiones que afectan al planeta en base a la negación de datos científicos consensuados, comporta un serio peligro para el planeta. Y por lo visto, ni el proteccionismo económico, ni la autonomía energética o la generación de más empleos parecen favorecerse con estas decisiones, sobre todo cuando la falta de empleo de baja calificación en realidad se debe al intenso proceso de industrialización por el que ha pasado Estados Unidos. Por tanto solo queda preguntarse ¿quiénes se benefician con la flexibilización de las normas medioambientales? Que el secretario de Estado, Rex Tillerson, sea el expresidente de la mayor petrolera de EEUU, Exxon Mobil, puede darnos algún indicio. Tillerson no solo trabajó 41 años en Exxon sino que ha hecho negocios con Putin, de quien es amigo.

Lo más probable es que el “Decreto sobre la Independencia Energética” sea desafiado en los tribunales, tanto por científicos, como por grupos medioambientales y por procuradores estatales, cuando no por la sociedad civil organizada. También es bastante probable que los balances de poderes puedan revertirla o moderarla. Ya hemos visto que estos contrapesos funcionaron recientemente en los EE.UU. con la legislación anti-inmigrantes que Trump intentó pasar y que fue detenida por las instancias judiciales, y ahora último con la falta de respaldo del congreso de mayoría republicana al no permitir que Trump eliminara la reforma sanitaria de Obama.

El camino por ahora parece largo pues Trump lleva apenas dos meses como presidente. Sin embargo, sus enemigos y objetivos parecen estar delineados: desvalorizar la ciencia, acallar a los científicos, desvirtuar a la prensa independiente. Trump cree poder prescindir del pensamiento crítico, de la independencia y libertad de pensamiento y expresión, y parece dispuesto a convertir a sus propulsores en enemigos de la sociedad. Y ojalá se detenga antes que sea demasiado tarde. Porque tomar decisiones de políticas públicas a espaldas de los ciudadanos puede traer consecuencias catastróficas. El Perú en estos días es un claro ejemplo de ello. Años de políticas públicas a espaldas de la ciencia han cobrado la vida de decenas de peruanos en las últimas inundaciones. Muchas vidas pudieron ser salvadas si los políticos tomaran decisiones usando la información científica disponible. 

Estamos avisados, la guerra contra el conocimiento está en marcha y se libra hoy desde la presidencia de Estados Unidos. Las teorías conspirativas antiambientales, entonces, son solo el medio. La anticiencia parece ser, en este caso, no más que el marco epistémico desde el cual se permiten validar acciones políticas anti-climáticas que benefician a ciertos sectores o corporaciones. O como dirían algunos estadounidenses:  It´s the corporate, stupid!

 


*Este artículo fue escrito por Claudia Cisneros M. originalmente para el portal de ciencia N más 1 donde fue publicado el 29 de marzo de 2017


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