César Vallejo cumple 125 años: El poeta peruano que todos deben conocer

Arte, Cine y Literatura

Por Sophimania Redacción
16 de Marzo de 2017 a las 09:06
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César Vallejo cumple 125 años: El poeta peruano que todos deben conocer
Imagen: Internet

Hoy se cumplen 125 años del nacimiento de César Vallejo(1892-1938), el poeta peruano más importante de todos los tiempos. No solo es reconocido en el Perú. Vallejo tiene obras de reconocimiento internacional como Trilce o los Heraldos Negros, así como numerosas piezas teatrales y narrativas.

Aquí algunas opiniones de poetas contemporáneos (algunos ya no están con nosotros) sobre Vallejo que sintetizan su valor e importancia en la historia peruana y mundial de la poesía. Las opiniones fueron recogidas por la revista peruana Caretas en 1998, ante la pregunta: ¿qué es lo mejor de Vallejo?

Blanca Varela
La originalidad y el lado humano esencial.

Javier Sologuren
El uso de un lenguaje forjado por el poeta. Vallejo no es clasificable en los grandes ismos poéticos. El los supera.

Arturo Corcuera
El dolor es el rasgo más relevante de la poesía de Vallejo.

Washington Delgado
La audacia verbal y la enorme capacidad para crear palabras, reformando la sintaxis y la ortografía.

Ricardo Gonzalez Vigil
Dar “corporeidad” (carne y hueso) al lenguaje poético y a la esperanza mesiánica del amor que vence a la muerte.

Ricardo Silva Santisteban
Es un extraordinario creador verbal y existencial.

Julio Del Valle
Leerlo y que no te dé respiro.

***

A manera de homenaje por los 125 años de su natalicio, Sophimanía presenta dos notas realizada sobre él por el también poeta y artista peruano Jorge Eduardo Eielson.

El primer texto es una pequeña nota periodística publicada en el diario peruano La Prensa, el 26 de mayo de 1946, cuando el joven Eielson era una promesa de la poesía peruana y Vallejo ya gozaba de reconocimiento. Y la segunda nota, titulada “Actualidad de Vallejo”, es un potente homenaje que le hizo Eielson a Vallejo en un evento en la Embajada del Perú en Roma, Italia (en la sede del Instituto Italo-Latinoamericano) la misma que fue publicada originalmente en la revista Debate, Nº 69, en el año 1992.

Ambas notas aparecieron recientemente en la revista web de artes y humanidades Vallejo &Co y hoy Sophimanía quiere compartirlas con nuestra comunidad en homenaje a uno de los más grandes y auténticos poetas del mundo. 

Nota en el diario La Prensa

“Trato de reunir a Vallejo. Tanta es su vida y tan alta es su muerte que apenas podría alcanzarlo, comprenderlo, si no fuera por entrega en cada uno de sus poemas. Cuando se lo lee jamás se piensa que los ha escrito, jamás se piensa que ?ni siquiera? hayan sido escritos alguna vez. ¡Son tan naturales y necesarios, tan dolorosamente imprescindibles para el hombre, tan caros al universo todo! Ellos son la lengua del hombre, el primer vagido humano, su gloria y su consuelo.

Vallejo desarrolla progresivamente ?con médula de genio? la tragedia social de la criatura herida por el hambre y la miseria, y más altamente, por la soledad y la muerte. El poeta que no establece fronteras entre la tierra y el cielo, el gusano y la estrella, reúne en un solo grito místico, cuanto hay en él de hermoso y sufrido, de humano y eterno, sin distinción de causa. Su entera voz no es sino un resultado universal, una cifra ciega, viviente en cada codo de sangre, en cada pelo o uña de la especie, como lo más íntimo y específico de ella. El poeta juega con dados fijos. No hay azar posible para quien tiene mucho que decir, pues cuanto diga será siempre parte verdadera de él, suma de experiencias y esperanzas, sed oscura de sí mismo, expresión y retorno de lo humano hacia lo humano. Vallejo que vivió y murió en el Perú, España y Francia; Vallejo que murió en París, vecino voluntario del fuego, hijo primero del caos. («Ha llegado el tiempo de los asesinos», diría Rimbaud); Vallejo, que rompió el tejido castellano y arcaico en que naciera con su grito indio salvaje y corrosivo; Vallejo que lloró y escribió sobre la entraña eterna de España y blasfemó contra el déspota, no es, ante todo, sino el poeta del hombre, el más valiente y poderoso defensor de la unidad humana. Tal es su cometido y su obra infatigable, su sangrante gloria.”

(Diario La Prensa, 26 de mayo de 1946. Escrito por Jorge Eduardo Eielson)

 

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Actualidad de Vallejo

“Nada hay de superfluo en la poesía de César Vallejo, como no lo hay en la mística cristiana, aunque por razones opuestas: la segunda es la vía elegida para la elevación del alma, que por lo tanto supone el martirio del cuerpo; mientras que la primera, la del poeta peruano, es un descenso al infierno del cuerpo, carnal y social, que supone otro martirio, esta vez el del alma.

Hay en Vallejo, más que un padecimiento físico,  personal, individual, un padecimiento anímico, universal. El poeta siente al hombre —a la especie humana— a través de su propio pueblo, a través dela desventura peruana, que hoy es también la desventura latinoamericana y, por extensión, el drama del sur del mundo. Pero este sufrimiento no se reduce tan solo al llanto de una criatura materialmente oprimida —aunque esta circunstancia sea su núcleo central. No. Vallejo considera el sufrimiento inseparable del hombre. Este sentimiento, necesariamente debía ser compensado por un pensamiento utópico, fraternal, comunitario, gracias al cual la humanidad entera alcanzaría su salvación. Un primer paso debería ser, en este sentido, la redención del pobre sobre la tierra. De allí su adhesión a las ideas marxistas, sus viajes a la Unión Soviética, su apoyo a los milicianos españoles y su inscripción en el Partido Comunista español. Asistimos, por un lado, a un sentimiento existencial, casi kierkegaardiano, que antepone el sufrimiento del alma al del cuerpo; y por el otro a una apasionada adhesión al socialismo internacional, que debería poner fin a las miserias materiales del hombre.

Vallejo no ha podido ver con sus propios ojos el fin dela utopía comunista, pero ha sabido diagnosticar la dramática deshumanización de la sociedad actual, que amenaza hasta su propia integridad física. Es pues con el fin de la utopía que su voz se dilata más allá de todo límite social, político, temporal, histórico. Y esto porque su poesía no fue nunca deliberadamente política, en la medida en que no son políticos el padecimiento ni la felicidad humanas. Su verdadero aliento se revela ahora, en toda su grandeza, justo cuando el animal humano, más humildemente que nunca, se confronta con su propio límite. En efecto, si, por una parte, el fin delas grandes dictaduras, de izquierda o de derecha, parece consolidado, por otra parte todos sabemos que el extraordinario progreso alcanzado por la ciencia y la tecnología en los últimos 30 años corre paralelo con un deterioro moral antes desconocido en el mundo occidental. ¿Qué escribiría Vallejo, por ejemplo, dela abyecta, sórdida, violenta realidad de las grandes metrópolis contemporáneas? ¿Qué diría de tanta opulencia material exhibida por una parte, cuando las otras dos terceras partes de nuestro mundo se debaten en la miseria? ¿En dónde encontraría al «hombre nuevo» por él anunciado, sino entre los pobres del llamado Tercer Mundo, en realidad riquísimos de una humanidad en vías de extinción? Imagen emblemática de nuestro malestar actual, el pathos vallejiano —que es sin lugar a dudas un rasgo atávico de la raza india— es también una visión sincrética de la condición humana, que le llega desde los estoicos y los místicos castellanos, Quevedo y Unamuno, hasta los grandes rusos de fin de siglo. El poeta no ha hecho sino servirnos de guía, de sensibilísima brújula, en este intrincado derrotero de la peripecia humana. Para ello se ha servido de un lenguaje que, por comodidad, continuamos llamando español, pero que ha sido casi completamente inventado, para mejor expresar tan dolorosa sustancia poética. A este respecto, quisiera agradecer a quienes, de manera ejemplar, han sabido penetrar en el universo vallejiano, desde José Carlos Mariátegui hasta Roberto Paoli, pasando por Espejo Asturrizaga, Xavier Abril, André Coyné, Américo Ferrari, Juan Larrea, Julio Ortega, Martha Canfield, José Miguel Oviedo, Luis Monguió y varios otros. No me detendré en el nivel puramente verbal de un fenómeno poético tan complejo. Esta no es la sede, ni tampoco tengo los fundamentos ni la vocación para ello, pero hay dos puntos que desearía señalar, y no se refieren al lenguaje en sí mismo, sino a su probable gestación anímica y cultural. Es evidente, como ya ha sido observado, que tras de la estación modernista de Los Heraldos Negros, en 1922, con Trilce, Vallejo inaugura un lenguaje completamente renovado, hermético y audaz hasta lo temerario, que revela claramente su frecuentación de las vanguardias literarias de la época. Es innegable también que dicho lenguaje se cristaliza luego en París cuando, después de largos años de intensa batalla existencial y política, el poeta ya maduro y en plena posesión de sus medios, escribe Poemas humanos y España aparta de mí este cáliz. Su expresionismo verbal no es de manera, no es aprendido de la vanguardia artística dominante en aquellos años. Y no podía serlo, ya que el expresionismo alemán era muy poco seguido en París por entonces, donde más bien se disputaban la escena el movimiento dadá y los primeros albores del surrealismo bretoniano. Sin embargo, yo diría que esta secuencia, esta interpretación evolutiva de la palabra vallejiana, no es suficiente, aunque aparezca perfectamente coherente.

Me pregunto si un expresionismo tan radical no tendrá como matriz una característica peculiar de la cultura mochica, es decir esa inclinación a la representación cruel, a veces excesiva, pero llena de pietás, que se observa en el arte de ese pueblo, antepasado directo de nuestro poeta. En efecto, a diferencia de otras culturas antiguas del Perú (recordemos el suntuoso cromatismo de los Paracas, la misteriosa elegancia de Nasca, el impresionante geometrismo de Huari, los oropeles de Chimú y Chancay) fueron los artistas mochicas los que mejor han sabido representar el drama humano, en toda su maravilla y su miseria, hasta el punto de excluir cualquier otra temática. Y este universo obsesivamente antropocéntrico ha sido expresado con un lenguaje visual desnudo, escueto, corrosivo, sin ninguna concesión a las dulzuras terrenales, pero con una capacidad de síntesis que no excluye el más crudo realismo ni la más honda ternura. Tal y cual como el verbo vallejiano, justamente. Aun si en este, claro está, el elemento católico, cristiano, español, modifica notablemente la pulsión ancestral. Por otra parte, aunque parezca una paradoja ¿no sería útil indagar también en la dificultad —ya experimentada hasta sus extremas consecuencias por José María Arguedas— de pensar y formular intuiciones y sentimientos en una lengua profundamente mestiza? El encuentro de instancias expresivas tan diferentes, unidas a la voluntad del autor de escribir para y en nuestro tiempo—es decir con la absoluta modernidad y libertad de un Picasso, por ejemplo, pero con el substratum de una cultura diversa y subyugada—, ha debido ser, para el artista peruano, un desafío grandioso que—nosotros lo sabemos—ha sido espléndidamente coronado. Hay quizás por eso, en el verso vallejiano, un soplo cósmico, intemporal, casi profético. Una palabra, la suya, que nos llega desde su milenario pasado, atraviesa la lengua española, la desbarata y la renueva, y continúa dilatándose hasta ocupar el espacio planetario de nuestra época, unidos como estamos hoy —no por la solidaridad cantada en sus poemas— sino, más prosaicamente, por los mass-media imperantes. Justo a cien años de su venida al mundo, en esta fecha que coincide con el descubrimiento, la invasión, el encuentro, o como se quiera llamar a la llegada de Colón a tierras americanas, ojalá que su voz resuene más fuerte y sea de auspicio para una mayor generosidad y una vida más digna para todos”.

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(Homenaje de Jorge Eduardo Eielson a César Vallejo en Italia, originalmente publicado en la revista Debate, N° 69, en el año 1992; y republicada en el libro nu / do: homenaje a j.e. eielson, publicado por el Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, en el año 2002; pp. 85-86.)


LOS HERALDOS NEGROS

                                   Qui pótest cápere capiat

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
Se empozara en el alma... Yo no sé!


Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.


Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.


Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
Se empoza, como charco de culpa, en la mirada.


Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!


                                     Cesar Vallejo

                                     (Los Heraldos Negros)

 XI


He encontrado a una niña
en la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la halle,
no la va a recordar.

Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle
el talle, mis manos han entrado en su edad
como en par de mal rebocados sepulcros.
Y por la misma desolación marchóse,
         delta al sol tenebroso,
         trina entre los dos.

         "Me he casado",
me dice, cuando lo que hicimos de niños
en casa de la tía difunta.
         Se ha casado.
         Se ha casado.

Tardes años latitudinales,
qué verdaderas ganas nos ha dado
de jugar a los toros, a las yuntas,
pero todo de engaños, de candor, como fue.

 

                                     Cesar Vallejo

                                     (Trilce)


LX

 

Es de madera mi paciencia,
sorda, vegetal.

Día que has sido puro, niño, inútil,
que naciste desnudo, las leguas
de tu marcha, van corriendo sobre
tus doce extremidades, ese doblez ceñudo
que después deshiláchase
en no se sabe qué últimos pañales.

Constelado de hemisferios de grumo,
bajo eternas américas, inéditas, tu gran plumaje,
te partes y me dejas, si tu emoción ambigua,
sin tu nudo de sueños, domingo.

Y se apolilla mi paciencia,
y me vuelvo a exclamar: ¡Cuándo vendrá
el domingo cocón y mudo del sepulcro;
cuándo vendrá a cargar este sábado
de harapos, esta horrible sutura
del placer que nos engendra sin querer,
y el placer que nos DestieRRa!

 

                                     Cesar Vallejo

                                     (Trilce)

 

LOS DESGRACIADOS

 

Ya va a venir el día; da
cuerda a tu brazo, búscate debajo
del colchón, vuelve a pararte
en tu cabeza, para andar derecho.
Ya va a venir el día, ponte el saco.

Ya va a venir el día; ten
fuerte en la mano a tu intestino grande, reflexiona,
antes de meditar, pues es horrible
cuando le cae a uno la desgracia
y se le cae a uno a fondo el diente.

Necesitas comer, pero, me digo,
no tengas pena, que no es de pobres
la pena, el sollozar junto a su tumba;
remiéndale, recuerda,
confía en tu hilo blanco, fuma, pasa lista
a tu cadena y guárdala detrás de tu retrato.
Ya va a venir el día, ponte el alma.
Ya va a venir el día; pasan,
han abierto en el hotel un ojo,
azotándolo, dándole con un espejo tuyo...
¿Tiemblas? Es el estado remoto de la frente
y la nación reciente del estómago.
Roncan aún... ¡Qué universo se lleva este ronquido!
¡Cómo quedan tus poros, enjuiciándolo!
¡Con cuántos doses ¡ay! estás tan solo!
Ya va a venir el día, ponte el sueño.

Ya va a venir el día, repito
por el órgano oral de tu silencio
y urge tomar la izquierda con el hambre
y tomar la derecha con la sed; de todos modos,
abstente de ser pobre con los ricos,
atiza
tu frío, porque en él se integra mi calor, amada víctima.
Ya va a venir el día, ponte el cuerpo.

Ya va a venir el día;
la mañana, la mar, el meteoro, van
en pos de tu cansancio, con banderas,
y, por tu orgullo clásico, las hienas
cuentan sus pasos al compás del asno,
la panadera piensa en ti,
el carnicero piensa en ti, palpando
el hacha en que están presos
el acero y el hierro y el metal; jamás olvides
que durante la misa no hay amigos.
Ya va a venir el día, ponte el sol.

Ya viene el día; dobla
el aliento, triplica
tu bondad rencorosa
y da codos al miedo, nexo y énfasis,
pues tú, como se observa en tu entrepierna y siendo
el malo ¡ay! inmortal,
has soñado esta noche que vivías
de nada y morías de todo...

 

                                     Cesar Vallejo

                                     (Poemas humanos)


MASA

 

Al fin de la batalla,

y muerto ya el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: "No mueras, te amo tanto!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Se le acercaron dos y repitiéronle:

"No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,

clamando: "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Le rodearon millones de individuos,

con un ruego común: "¡Quédate, hermano!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar...

 

                                     Cesar Vallejo

                                     (España aparta de mi este cáliz)


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